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"ENTRE BARCOS Y REDES"

( Amaia Gozategi )

 

Entre barcos y redes

Hay imágenes que hablan sin palabras.
Un barco que se aleja lentamente del puerto,

dejando una estela que se confunde con el horizonte.

Una red extendida sobre la arena, aún húmeda del mar,

testigo de las manos que tejieron y de las mareas que la llenaron de vida.

​

Así es también el acompañamiento al final de la vida: un espacio sagrado entre barcos y redes.
Entre el partir y el sostener.
Entre el soltar y el abrazar.

​

El arte de acompañar

Acompañar a alguien en su última etapa no es una tarea ni una técnica;

es un acto profundamente humano y espiritual.

Es caminar al lado del otro en silencio, con el alma abierta,

reconociendo que su viaje es único, irrepetible,

y que somos invitados —por un instante— a ser testigos de esa última travesía.

​

A veces creemos que acompañar es hacer algo: aliviar, confortar, ofrecer palabras de consuelo.

Pero el acompañamiento verdadero nace del ser, no del hacer.


Es ofrecer presencia, escucha, respiración compartida. Es sostener el misterio sin intentar resolverlo.

​

Cada persona tiene su propio modo de vivir el final, su ritmo, su lenguaje, su manera de rendirse a la vida.

Algunos lo hacen en calma, otros entre luchas, otros en silencio profundo.


Acompañar es honrar ese modo único, sin juzgar, sin apresurar, sin querer cambiar el curso del río.

El misterio de lo irrepetible

​

         Cada vida es un relato tejido con hilos de luz y de sombra.
         No hay dos historias iguales, ni dos despedidas idénticas.
         Cada ser humano es un universo en sí mismo, un reflejo de la inmensidad.

​

         Cuando acompañamos, somos llamados a mirar con ojos nuevos:

         a ver más allá del cuerpo que se apaga, del dolor o la enfermedad.

        a ver el alma que sigue brillando, el espíritu que se despliega, la historia que se cierra con dignidad y belleza.

        A veces el alma parece resistirse al partir,

        y otras veces se abre como una vela al viento,

        confiando en que hay algo más allá, un océano de calma donde todo se funde en amor.

        No lo sabemos. No necesitamos saberlo. Solo necesitamos estar, sostener, confiar.

​

       Redes que sostienen, barcos que parten

       En el fondo, todos somos redes y barcos a la vez.
       Redes que sostienen a otros cuando la marea arrecia,

       y barcos que un día soltarán amarras para continuar su viaje hacia lo desconocido.

​

       Las redes son los lazos, los afectos, los gestos de ternura, las manos que cuidan, las palabras que consuelan.
       Los barcos son nuestras almas, que navegan buscando sentido, que se aventuran más allá del horizonte visible.

​

       Acompañar al final de la vida es estar allí, entre ambas cosas:

       ser red para quien parte, y barco para quien aprende a soltar.
      Es comprender que el final no es un cierre, sino una transformación.
      Que la muerte no interrumpe la vida, sino que la completa.

      El alma que se reconoce

​

     En ese espacio de acompañamiento profundo, se revelan verdades que no caben en las palabras.
    Se siente que la vida es un tejido invisible de presencias, que nada se pierde, que todo se transforma.


    Quien acompaña también es acompañado; quien cuida también es cuidado.
    Hay un intercambio silencioso donde las almas se reconocen, se honran, se despiden y se bendicen.

    Y entonces comprendemos que lo esencial no es lo que decimos,

   sino lo que somos cuando permanecemos presentes ante el misterio.
   Que el amor verdadero no necesita poseer, ni retener, ni entender.

   Solo acompañar, desde el corazón abierto, hasta el último suspiro… y más allá.

   Una despedida que es también un comienzo

​

   Entre barcos y redes se juega la danza de la existencia.
   la de quienes parten,

   y la de quienes quedan con la red aún tibia entre las manos, sabiendo que han sido testigos de algo sagrado.

​

   Cada acompañamiento deja huellas en el alma.

   Nos enseña a vivir con más consciencia, con más humildad, con más ternura.
   Nos recuerda que todos estamos de paso, que cada vida es un relato irrepetible,

   y que el amor es la corriente que nos une y nos lleva.

​

  Quizás acompañar al final de la vida sea, en el fondo,

  un entrenamiento para aprender a amar sin condiciones y a soltar sin miedo.
  A confiar en que, al otro lado del horizonte, hay otro puerto, otra forma de vida, otro modo de ser.

​

  Porque cuando un barco parte, no desaparece: solo cambia de mar.
  Y las redes que dejamos tejidas —de amor, de memoria, de presencia—

  permanecen, sosteniendo a quienes siguen navegando.

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